Atalanta I (mito)

«Atalanta», escultura de Pierre Lepautre, fotografía por Marie-Lan Nguyen (CC BY).

Extractos de Artemisa (Spanish edition), por Jean Shinoda Bolen:

Nacimiento y crianza

En el reino de Arcadia, el rey espera con impaciencia el nacimiento de su primer hijo. Cuando el bebé recién nacido resulta no ser el hijo y heredero que esperaba, desata su cólera sobre esa hija no deseada y ordena a un pastor que se la lleve a una montaña cercana y la deje morir de inanición o expuesta a cualquier animal salvaje. Atalanta empieza su vida sin ser deseada, siendo rechazada. Sin embargo, lo que iba a ser el final de su vida, de hecho se convierte en un comienzo inusual.

El pastor hace lo ordenado. Toma el bebé y lo deposita sobre unas rocas de la montaña. Atalanta llora; tiene hambre, está mojada y tiene frío. Sus lloros atraen a una madre osa que tiene la guarida cerca. Sea por curiosidad o sea por instinto maternal, la osa investiga y olisquea al bebé. Atalanta la agarra por el pelaje, y la cría humana y la madre osa establecen un vínculo. La madre osa se lleva al bebé a su guarida, le da de mamar y lo mantiene caliente. Se decía que fue la diosa Artemisa quien había enviado a la osa. Atalanta crece con varias series de cachorros hermanos. En otra versión del cuento, cuando puede caminar, es hallada por unos cazadores que la crían y la enseñan a cazar y a hablar.

Meleagro

Al mismo tiempo que nace Atalanta, en el vecino reino de Calidón otro rey espera con impaciencia el nacimiento de su primer hijo. ¡Es un chico!, se dicen con alegría. Le ponen el nombre de Meleagro y celebran su nacimiento con fiestas y agasajos. Poco después de que nazca Meleagro, una visitante inusual, Átropos, una de las tres moiras, va a visitar a la madre de Meleagr, Altea. Al calor de la hoguera que ilumina una estancia, la reina recibe a su invitada. Átropos se dirige a la chimenea y, situándose frente al hogar, señala un tronco que arde por uno de los extremos. «¿Ves esto?», le dice. «Mientras no lo consuma el fuego, ¡tu hijo vivirá!» La reina se levanta de un salto, agarra el tronco y apaga las llamas. Lo envuelve, lo encierra bajo llave en un cofre de latón y lo esconde guardándose el secreto. La vida (o la muerte) de Meleagro está ahora en manos de su madre.

Meleagro crece, destinado a ser rey, y es criado en los deberes del castillo y alentado a hallar una esposa adecuada, pero él prefiere estar en los bosques y en la naturaleza salvaje de Calidón. Meleagro no está interesado en las muchachas dulces, frívolas, femeninas y atontadas con las que nada tiene en común. «Búscame una chica que quiera salir conmigo al aire libre, que pueda ser mi compañera», dice a su madre.

Atalanta y Meleagro

«Atalanta y Meleagro con el Jabalí de Calidón», escultura por Francesco Mosca, llamado Il Moschino, conservada en el Museo de Arte Nelson-Atkins, Kansas City, Missouri, Estados Unidos. Fotografía por Daderot (Dominio público).

Un día en que Meleagro sale de caza oye el bramido de un oso: un trofeo valioso para él. Lo hiere con su arco y su flecha. El oso se dirige instintivamente a su guarida. Meleagro lo sigue con la intención de abatirlo. Meleagro llega al animal cuando ve una mujer que baja de la montaña en dirección a él. Es hermosa, como una criatura de la naturaleza: bronceada, con el pelo largo, piernas largas, llena de gracia y atlética: ¡su mujer soñada!

—Soy Meleagro —le dice—. He matado a este oso, ¡y a ti te daré su piel como trofeo!

—Yo soy Atalanta —le contesta ella—. La osa es mi madre, ¡y ahora seré yo quien te mate!

Atalanta se precipita hacia él con instinto asesino, pero Meleagro, embelesado, desprende amor en su mirada. El abrazo empieza queriendo matar ella a Meleagro, y él intentando impedírselo. Sin embargo, mientras forcejean, surgen en Atalanta nuevos sentimientos y una nueva curiosidad.

Sea como sea, Meleagro y Atalanta se convierten en pareja. Y pronto se vuelven famosos. Se les ve cazando juntos, y forman un bonito cuadro, espectacular, tanto de aspecto como en habilidades. La madre de Meleagro se enfurece cuando se entera de la relación. ¡Atalanta es del todo inapropiada para su hijo!

La caza del jabalí de Calidón

Relieve de un sarcófago romano de mármol hallado en Vicovaro, Italia, que representa la caza del jabalí de Calidón, conservada en el Palazzo dei Conservatori, en Roma. Fotografía por Marie-Lan Nguyen (Dominio público).

Mientras tanto, el rey tiene un gran problema entre manos: un jabalí enorme enviado por una diosa enojada para destruir su reino.

El jabalí es enorme. Con sus colmillos curvos y afilados y sus enormes pezuñas, arrasa los campos, destruye las cosechas y pisotea a los animales domésticos y a las personas que no consiguen apartarse de su camino. Destruye pueblos y amenaza al país entero.

El rey invita a los héroes de Grecia a ganarse los honores y una recompensa si lo cazan. Entre los que responden al desafío se encuentran muchos de los héroes que fueron con Jasón como argonautas y más tarde tomaron parte en la guerra de Troya. Los héroes se reúnen antes de la caza. Los últimos en llegar son Meleagro y Atalanta. El resto de los cazadores está escandalizado. A pesar de que es una cazadora famosa, ¿cómo se atreve una mujer a unirse a la partida?

Ninguno logra herir al animal siquiera, porque el pelaje del jabalí es inmune a las flechas y a las lanzas. Nadie vierte sangre, hasta que Atalanta se enfrenta al jabalí. El animal carga contra ella, con las pezuñas afiladas como navajas cubiertas de sangre y su considerable peso echándosele encima. El arco de Atalanta está tensado, la flecha preparada, el ojo apuntando fijo. El jabalí se le viene encima cuando, con certera puntería, lanza una flecha que se le clava en un ojo y le penetra en el cerebro. El animal se tambalea, pero no muere. Ahora le toca el turno a Meleagro, que desenvaina la espada y le da el golpe mortal.

¡El jabalí está muerto! El joven tiene derecho a cobrarse el pelaje, pero en lugar de reclamarlo para sí, se lo regala a Atalanta. Es un trofeo realmente importante, y entre los demás reina el resentimiento porque es una mujer quien lo ha conseguido. No es solo que es el símbolo de un gran logro heroico que traerá la fama a quien lo posea. Este pelaje puede convertirse en un traje flexible, caliente e inmune a las lanzas y las flechas. No existe armadura mejor.

Los tíos de Meleagro están enfurecidos porque creen que si él príncipe rechaza el premio, debería ser destinado a ellos, como parientes varones. Se enfrentan a Atalanta. Meleagro reacciona desenvainando la espada y cortándoles la cabeza.

La madre de Meleagro enloquece cuando se entera de que su hijo dio su trofeo a Atalanta y que mató a sus hermanos. Se dirige al lugar donde tenía escondido el cofre con el tronco que le dio Átropos y lo arroja a las llamas.

La muerte de Meleagro

Relieve en marfil, también llamado «La muerte de Meleagro», conservado en el Museo del Louvre. Fotografía por Marie-Lan Nguyen (CC BY).

Atalanta y Meleagro no regresan al castillo tras la caza. Permanecen juntos en el lugar que consideran su hogar, en la naturaleza salvaje de los bosques y las colinas. Están abrazados cuando, de repente, Meleagro profiere un grito terrible y, agarrándose el abdomen, lanza alaridos de dolor. Su torso se ennegrece como si se le hubiera quemado, su rostro se convierte en cenizas y muere.

Atalanta sufre. La naturaleza es su único consuelo. Llora y vagabundea durante semanas en el bosque y en los claros.

Y un día se da cuenta de que debe abandonar ese lugar que le recuerda a Meleagro y el tiempo que pasaron juntos. Tras su desaparición, no hay nada que la retenga allí, y nadie que le importe.

Así es como abandona Calidón y viaja a través de los bosques y de las colinas hacia Arcadia.

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